miércoles, 19 de noviembre de 2008

Percepciones españolas de la Unión Europea

El último hecho noticiable de forma masiva en la prensa española relacionado con la UE ha sido la presencia de España en la cumbre G-20 (+2), porque bajo ese +2 y bajo la bandera comunitaria acudieron Holanda y España (nunca 8 minutos de intervención fueron pagados a tan misterioso precio), quien ha condicionado a buen seguro la agenda bilateral con nuestro país vecino para unos cuantos años.

La penúltima noticia destacada fue el No irlandés al referéndum del Tratado el pasado mes de junio, valorado de forma muy negativa en los medios políticos españoles, donde se consideró una señal de alarma, o cuanto menos como un signo de incertidumbre política.

Yo misma postulé una revisión sobre el criterio de la unanimidad, albergando sólidas dudas de que éste sea el mejor método para la toma de decisiones sobre el propio sistema de construcción europea. Ya se ha analizado aquí ese resultado, incluso reconociendo como mal endémico la distancia entre la opinión pública y la clase política. Eso explica que habiendo pedido el voto favorable los cinco partidos más importantes de Irlanda, al final el 53 % votara en contra.

No podemos dar por válida la argumentación de que Lisboa es un plan B elitista al rechazo francés y holandés a la Constitución. Lisboa simplemente era un tratado inevitable y necesario para mantener la viabilidad de la UE, y superar la frustración del fracaso constitucional. La integración no puede pararse, no podemos permitírnoslo.

La postura oficial española, igual que la de la presidencia de turno francesa, es que el Tratado debe ratificarse por el resto de Estados y entrar en vigor antes de las próximas europeas, en junio de 2009. La pregunta es cómo, ¿dejando a Irlanda fuera? Al margen de este parón institucional, la presidencia francesa es muy ambiciosa y activa, buena noticia. Si algo de bueno tiene la ampulosidad de Sarkozy es su empeño en dejar huella, y eso puede beneficiarnos a todos los europeos de entrada desde el punto de vista estratégico, porque una de sus metas es lograr la autonomía estratégica de la UE, incluyendo la revitalización de la PESC, o la creación de un programa Erasmus militar, para el refuerzo de esquemas comunes de formación militar, y por fin el deseo de dirigir operaciones militares propias (mediante la Cooperación Estructurada Permanente, y la Sede Operativa Permanente, mecanismos que por cierto dependen de la aprobación de Lisboa), aunque manteniendo e incluso aumentando el compromiso con la OTAN.

Donde España puede desempeñar un papel más visible es en las relaciones mediterráneas. Es esencial por la posición geoestratégica, y Sarkozy ha propuesto la reforma del proceso de Barcelona, aunque existe gran escepticismo político y académico sobre el impacto constructivo de la Unión Mediterránea, que queda en el aire hasta que no se defina su composición, financiación, así como nueva estructura institucional de la UE, la copresidencia, etc.

Uno de los puntos donde hay desacuerdo entre España y Francia es en el contrato de inmigración (deber de conocer la lengua nacional, los valores europeos, la igualdad entre sexos, tolerancia, la educación obligatoria para los menores, etc.), apoyado por el Consejo Europeo, que propone su obligatoriedad a todos los Estados miembros en sus políticas nacionales y que incluye una cláusula para la creación de una policía europea, punto al que Zapatero se mostró contrario por considerarlo fuente de discriminación a los inmigrantes, argumento que no se sostiene, salvo por una cortedad de miras pertinaz o por no tener que darle la razón al líder de la oposición, Rajoy, quien llevaba en su programa electoral del pasado mes de marzo la propuesta de dicho contrato de inmigración.

Francia afrontará la reforma de la PAC (soy muy pesimista al respecto), o la creación de un mercado europeo de la energía liberalizado, aunque difícil parece tomarse en serio este asunto cuando la postura española (socialista) se enroca en el desmantelamiento nuclear, todo lo contrario de lo defendido por Francia.

La próxima presidencia española se inicia dentro de dos semestres, en enero de 2010. Sería deseable que el marco institucional ya estuviera definido (o sea, la compatibilidad entre el presidente del Consejo, el de la Comisión, Mr. PESC y el presidente nacional de turno), de seguir en enero de 2010 sin Tratado, se desconocerá el papel real del presidente español. En el peor de los casos deberá seguir la cohabitación de estos cuatro cargos. Apostillamos que la posición de fuerza de España se ve perjudicada a corto plazo por la reforma, ya que en virtud de ésta ningún país puede nombrar a dos comisarios, y por tanto o Solana (PESC) o Almunia (Comisario) deberían renunciar a sus actuales puestos.

La incertidumbre genera parálisis política y, lo peor, decrementa la confianza ciudadana, como muestra de forma patente el último Eurobarómetro, los españoles que creen que a España le ha beneficiado ser miembro de la UE han descendido un 11 % desde 2007 (desde un 75 % a un 64 %), aunque la mirada positiva de la estadística nos dice que el 69 % de los españoles es optimista respecto al futuro de la UE. El dato negativo en mi opinión puede tener el sesgo de la crisis económica en España y de lo fácil que es culpar al euro del efecto inflacionario que percibe el consumidor, fácil sobre todo para un gobierno de Zapatero que no reconoce su culpa en la falta de previsión económica o en la escasez de reformas fiscales como causantes reales de la crisis.

No hagamos demasiadas alharacas, porque los deseos de europeización de los españoles se limitan al terrorismo e inmigración, y siguen prefiriendo que las políticas sociales permanezcan en el ámbito estatal. Aunque en la seguridad estamos divididos, ya que un 40 % se muestra a favor de aumentar el gasto militar europeo para no depender de los Estados Unidos, mientras que otro 40 % defiende exactamente lo contrario.

Siguiendo en la línea de las contradicciones nacionales, mientras que la gran mayoría de españoles se consideran desinformados sobre asuntos europeos, siguen dando su voto de confianza a los medios de comunicación españoles. Así nos va. Sí, hay una clara falta de debate europeo, de manera acuciante en España, que sigue estableciendo extrañas prioridades en política exterior, bastante errática y enfocada inexplicablemente en alianzas de civilizaciones y de regímenes poco democráticos en Iberoamérica.

A veces me pregunto si no tenemos los políticos que nos merecemos, quienes tan a menudo fomentan la opacidad informativa y buscan excusas peregrinas. La acción política, los pactos que se siguen “perpetrando” vía Conferencias Intergubernamentales, al estilo de las clásicas negociaciones entre Estados, sigue así distante de la transparencia, y para mi frustración los actores estatales fomentan la toma de decisiones de la forma más lejana posible al público, tal vez para que la comprobación de la eficacia política siga sin estar al alcance de la opinión del votante.

Todo esto siempre concluye de la peor forma, en una Unión Europea que sigue sin integrarse, y esto, no nos engañemos, y aunque los políticos nos hagan creer lo contrario, acabar por reducir o limitar el poder del ciudadano, que tanto provecho podría obtener de un entramado europeo que antepusiera a los ciudadanos sobre los Estados.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Una Europa de plátanos azules

El estado socioeconómico de Europa... visto desde el cielo. Dicen que por la noche, un brillante plátano azul atraviesa Europa desde Lancashire hasta la Toscana, pasando por Londres, Bruselas, París, Frankfurt, Stuttgart, Berna y Milán. La pequeña Bélgica destaca por la iluminación de sus autopistas, bien conocidas por los astronautas.

No se sabe con certeza si ese mapa de luces es el origen de la expresión conocida como Blue Banana que triunfó en la década de 1990 en Europa. La acuñó en 1989 el geógrafo francés Brunet, en un buen intento por crear un modelo de desarrollo regional en la UE, que quedó finalmente en nada más que un referente, tal vez porque en ese gran plátano azul no hay intereses territoriales realmente comunes.

La loable intención de Brunet de criticar el centralismo francés y la concentración de riqueza en torno a las grandes urbes, ha quedado relegada a ser un modelo teórico representado por una macrorregión transnacional gigante. Ha fracasado pero es válido como un referente para entender cómo se crean redes complejas y jerarquías solapadas en términos geopolíticos y geoeconómicos.

Es innegable que en Europa se está desarrollando un nuevo regionalismo, propiciado además por la europeización de las políticas regionales, y la regionalización de los órganos comunitarios. Esto multiplica la intervención de actores y de intereses, e incrementa la complejidad escalar. Hay un salto de las economías nacionales a nuevas formas de reparto norte-sur, este-oeste, lo que potencia las alianzas estratégicas entre regiones al margen de los Estados, con el fin de asegurar a largo plazo la supervivencia económica y política, como garantes de las competitividad estructural de dichas regiones en un mundo global. Los gobiernos regionales comprenden bien que no pueden seguir dependiendo de papá Estado.

Se producen así cambios de jerarquía desde el nivel local al nivel global. Los mercados pequeños buscan su propio nicho en el mercado global, además de aliarse con otros mercados pequeños, en un momento histórico en que las economías nacionales en sí están perdiendo mucho peso. Las Eurorregiones son consecuencia del apoyo financiero e institucional de la propia UE, con la Comisión como actor principal, consciente de la oportunidad de europeizar a través de las regiones, como brazos ejecutores de las políticas europeas, y ambos acaban por alimentar mutuamente sus intereses.

El plátano azul no es una Eurorregión ni ha derivado en un nuevo desarrollo escalar de fronteras, a pesar de que en sus comienzos el término prosperó y fue visto como una oportunidad política para algunas regiones adyacentes que quisieron aprovechar el concepto para incorporarse, difuminando las fronteras existentes.

Lo cierto es que más que de un región se trata de un corredor de prosperidad, en el que geográficamente coincide una importante densidad de población, junto con un notable desarrollo industrial y una adecuada infraestructura. En esos términos, y siguiendo ese modelo, la UE quedaría fragmentada en varias regiones según los parámetros de riqueza y desarrollo económico. Esto plantea una gran oportunidad política sobre todo para las regiones menos desarrolladas.

Sería útil empezar a plantaerse una Europa de plátanos azules, en la que las regiones periféricas, depauperadas, infradesarrolladas, encontraran una posibilidad de reforzarse mutuamente, saliendo del círculo vicioso en el que se encuentran. El sistema de transferencias al estilo de los Fondos de Cohesión no puede ser eterno ni es sostenible, además de que perpetúa la dependencia externa.

Las regiones en desventaja competitiva por situación y características deben canalizar sus intereses en forma de cooperaciones territoriales en toda la UE, de modo que las fronteras tradicionales del Estado-nación se sustituyan por fronteras funcionales.

Hay herramientas y mecanismos, desde hace un año existen las Agrupaciones Europeas de Cooperación Territorial, instrumento de cierta complejidad institucional (y demasiado dependiente todavía de las administraciones de los Estados) pero que permite las asociaciones eficaces entre municipios y regiones, incluso remotos, para proyectos comunes. Algunas de ellas están empezando a funcionar. Estos movimientos son señal de que las economías nacionales ya no son el objeto principal de la gobernanza económica, entre otras cosas porque las economías regionales padecen sus propias dificultades, en ocasiones tan específicas o acusadas que las políticas macroeconómicas nacionales son incapaces de ofrecer soluciones.

En este contexto, la creación de nuevas escalas territoriales se convierte en objeto de la lucha sociopolítica. En la actual UE, aunque muchos no lo perciban, las regiones transfronterizas empiezan a ser algo más que entidades tecnocráctias, y las Eurorregiones (empezando por la región Catalunya-Pirineos) están llamadas a ser algo más que entidades rutinarias y más o menos pasivas.

No voy a pecar de una retórica proeuropeísta, aunque no podemos negar que las regiones transfronterizas son esos pequeños puentes que propician la difusión de las fronteras, y que acabarán llenando el mapa de Europa de plátanos azules, hasta que un día las actuales fronteras de las naciones tal como las conocemos sean patrimonio exclusivo de los manuales de geografía e historia.