sábado, 18 de enero de 2014

Una mala Unión Bancaria pondrá en jaque el proyecto europeo

La Unión Europea es muy cuestionada, más criticada que nunca. Se perciben acciones políticas en forma de imposiciones, no se comprenden y nadie las justifica. Sin duda, ese descontento popular durmiente es un gran desafío, y abre unos cuantos escenarios.
Las elites empiezan a mostrar cierta inquietud ante las voces que cuestionan el propio proyecto europeo desde Estados muy diversos y por razones contrapuestas, a menudo. Incluso la UE más funcional prevista por Monnet, podría estar en horas bajas. Ejemplo de ello es el Mecanismo Único de Supervisión Bancaria, que en estos días es objeto de fuerte debate.
El Parlamento Europeo, a través de su presidente, y de otras voces de distinto espectro, manifiesta que la eurocámara dará la batalla a la Unión Bancaria tal como está diseñada, argumentando que sus lagunas podría agravar los problemas del euro. El BCE tiene un papel inicial, pero después intervienen la Comisión, el Consejo, los supervisores estatales…
Schulz ha asegurado que la eurocámara no aprobará las leyes propuestas por el ECOFIN, si siguen en la actual línea de vaguedad de criterio en el asunto de la Unión Bancaria.
Además de que no se facilita una resolución rápida de las entidades financieras problemáticas, tampoco se concibe que el MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad) actúe como fondo de garantía durante el proceso transitorio. En la actualidad, se están contemplando los mecanismos de rescate ad hoc, en forma de préstamo, es decir, algo parecido a lo que se aplicó en España para sanear las entidades bancarias mal gestionadas.
El mal acuerdo en el asunto del supervisor bancario es solo la punta del iceberg, es un síntoma más de que la coordinación macroeconómica deja mucho que desear y que la regulación financiera común sigue estando lejos. La toma de decisiones que se plantea es bizantina, implica a muchos agentes, nacionales, supranacionales, y hace auspiciar un infierno de contradicciones, cuando la resolución bancaria precisa de lo contrario, de una acción rápida y contundente.
Ante este panorama, existe el riesgo de que se vayan diluyendo las adhesiones al proyecto de la integración europea. Esa marea silenciosa de descontento se abre hueco en los medios de comunicación que abundan en la idea de que en las próximas elecciones al Parlamento Europeo, los partidos euroescépticos tendrán un resultado espectacular. Alientan algunos una cierta implosión para desestabilizar el núcleo político de Bruselas, esperando alguna reacción. En este sentido, los partidos importantes, el mainstream del tradicional consenso europeísta, que abraza desde el centro político hasta la izquierda y los verdes, podrían verse contra las cuerdas.
Ese toque de atención puede ser una amenaza, pero también una oportunidad. La disrupción en la habitualmente calmada y aburrida política cotidiana en la eurocámara a través de los elementos radicales, implicará, en principio, una mayor visibilidad y la necesidad de un compromiso político muy claro por parte de los partidos de carácter proeuropeo, lo que implicará la activación de la reforma del Tratado, el único mecanismo para afrontar la debilidad política, y corregir la inconsistencia del sistema actual.
Posiblemente, ya no sirva actuar a la defensiva, o recurrir al mínimo común denominador para alcanzar acuerdos, en un clima de muy escasa transparencia. 

La crisis del euro puede ir quedando atrás, pero no es momento de postergar y dejar las cosas como estaban. Tal vez, ese ombliguismo que algunos observamos en instancias comunitarias, merezca cierto correctivo. En este sentido, bienaventurado sea nuestro enemigo, si nos hace enmendar errores. 

jueves, 16 de enero de 2014

El Reino Unido no determinará el futuro de la UE

Es lugar común que los extremos se tocan, pero en este caso el meollo de la cuestión se sitúa en la centralidad del discurso. Hay consenso en que la UE debe reformarse. Para sostener esta idea, no es preciso relatar los numerosos argumentos federalistas, de sobras conocidos para los lectores de este blog. La alta política entra en el debate de lleno e insinúa improbables coincidencias. La primera paradoja se da en las múltiples referencias a los tratados de la UE, desde posiciones gubernamentales tan contrapuestas como la alemana y la británica.



Merkel, tras formar gobierno de coalición, insiste en la irremisible reforma delTratado de Lisboa, que implica una centralización política de la Unión Europea, que no sólo garantice la estabilidad de las finanzas alemanas, sino que abrace sistemas de solidaridad interterritorial en el conjunto de la UE. Sobre el tapete, la propuesta de Merkel no se aleja de los postulados federalistas, apoya abiertamente una Europa social y la preservación del estado del bienestar.

Bajo el paraguas del actual Tratado, las limitaciones son absolutas, las decisiones se toman a partir de los acuerdos de los Estados en el Consejo, y no hay rendición de cuentas en Bruselas. Es decir, opacidad, intereses nacionales, y un "interesantísmo" BCE con ansias de capacidad política (véase a un Draghi incisivo en las últimas semanas) en el ámbito de la Unión Bancaria.

Una cuestión relevante es si a Merkel debemos concederle el beneficio de la duda, dado que Alemania goza de un sistema social bastante loable y sostenible, con una buena capacidad redistributiva, y una menor diferencia de clases que en la mayoría de países europeos.

Veremos si la canciller tendrá la valentía de, una vez abierto el melón de la reforma de los tratados, ceder poder político y económico a Bruselas. No sólo está por ver el posicionamiento de Alemania, sino el del grupo de países del Norte que conforman el sector de “contribuyentes netos”, reticentes a sostener financieramente a una periferia en dificultades. La capacidad redistributiva es la clave, y holandeses y finlandeses han dado señales de fatiga, ante una periferia totalmente ahogada en el contexto de crisis.

Vamos con el gobierno británico. Qué mayor paradoja que ver a Cameron pidiendo una reforma del Tratado de Lisboa para salvar los intereses financieros de la city... Pues hay más, ayer el ministro de Economía, Osborne, cuya autoridad en la materia podemos poner en solfa, pero que en todo caso apuntó a la necesidad de que la UE se reforme profundamente. Hasta aquí, coincidencia, pero muchas preguntas.

De inmediato, se explicitan, los británicos tienen un diagnóstico totalmente contrario a los federalistas, incluso a Alemania, ellos ven como causa del declive la “UE” social, en este sentido alientan el discurso euroescéptico de las bases conservadoras. Paradójicamente, para el inglés, la crisis de la UE se debe a un excesivo peso del estado del bienestar. El debate se aleja del consenso y se sitúa en el extremo del liberalismo.

El británico cree que la UE no puede dedicar un 50% del gasto al sostenimiento del modelo de bienestar, representando a un 7 % de la economía mundial. Si esas cifras las menciona Merkel para apostar por la reforma para mantener el modelo social, en el caso de Osborne, la apuesta es destruir el modelo, es decir, la medicina británica sería la liberalización y un efecto arrastre de Europa hacia otros modelos mucho menos desarrollados socialmente en el planeta.

Desde hace tiempo sospechábamos que el Reino Unido no sólo no quiere que la UE intervenga en sus leyes, sino que quiere destruir el consenso político y social construido por generaciones de europeos. Ayer se evidenció con todas las letras.

Con todo, Osborne fraguó un discurso en el que alentaba a la UE a la reforma política… para acto seguido, amenazar con la salida del Reino Unido. Es decir, o la reforma política se concreta en un traje a medida de los intereses británicos, o tendrán que abandonar el barco, con los costes que ello supondría (supuestamente) para el resto de Estados miembros. Es la clásica actitud de los tories que ven al Reino Unido como una especie de potencia económica deseada por todos. Al parecer, sin Reino Unido, la UE perdería relevancia global.

Esa amenaza no debe calar en la Europa continental. Se revive el debate de los años Setenta, cuando parte del bloque atlántico, encabezado por los británicos, apostó por los beneficios comerciales de pertenecer a la CE, creyendo que podrían escabullirse de la legalidad común. Hoy, la UE ya no es un club económico, sino una unión de ciudadanos.

Ellos creen que sigue siendo un club, y además el precio que ponen a su pertenencia al club es la capacidad para bloquear todas aquellas leyes que atenten contra sus intereses nacionales. Vivir para ver. Evidentemente, la Unión Europea desaparecería para siempre, si los 28 Estados miembros replicaran dicho comportamiento. Supondría la destrucción del acervo y el levantamiento de todas las barreras económicas y políticas que se han ido derribando desde 1957. Aun así, ese es el discurso euroescéptico que ha ido ganando adeptos en el resurgir del populismo. El vínculo es evidente, si constatamos las restricciones fronterizas y los programas antiinmigración que está planeando el gobierno de Cameron.



En este sentido, sociológicamente el Reino Unido ya no es miembro de la Unión Europea. El Reino Unido no debe ser ni estar en la Unión Europea... Aun en el supuesto de que en el referéndum 2017 se votara por la permanencia (probablemente in extremis), la opinión pública no cree en los valores de la UE, debido a una clase política que ha alimentado el discurso nacionalista, señalando a Bruselas como culpable de todos los males económicos. 

Como muestra, unos cuantos botones, por ejemplo, los intereses financieros británicos se ha levantado “en armas” contra el Impuesto sobre las Transacciones Financieras, mientras el alcalde Johnson ha propuesto abiertamente la creación de una ciudad-estado en Londres con sus propias leyes y autonomía fiscal, el citado control de fronteras que atenta directamente contra el derecho a la libre circulación (vinculante para todos los ciudadanos europeos desde 1992), la no firma del Pacto fiscal europeo, la afirmación "oficial" de que jamás formarán parte del euro o el elogio a las economías emergentes frente a una Europa anquilosada y empobrecida. Ciertamente, algunas de las críticas son realistas y asumibles, y así, la reforma de carácter político es el punto de encuentro entre las posiciones euroescépticas y las proeuropeístas.

Ello es síntoma palable de que, en todo caso, para los europeos la urgencia inmediata no es ya superar la eurocrisis, sino salir de la actual, y mucho más profunda, crisis de indefinición política, casi existencial. Del mismo modo que el Reino Unido quiere ser y estar, pero fuera de Europa, los europeos tenemos que decidir cómo queremos estar, siendo. El modelo social está en juego; sin la unión política, la llamada "economía social de mercado" se quedará en mera retórica para lucimiento de los líderes o presidentes de la Comisión de turno, en su discurso anual en la Eurocámara. Por cierto, una institución que debe ser mucho más de lo que es. En un año de elecciones al Parlamento Europeo este debate es absolutamente crucial para todos los europeos. No lo dejéis pasar.


**Imagen: The Guardian

viernes, 3 de enero de 2014

My PhD Thesis



Dear readers,
Firstly, I would like to share with you my joy. I'm pleased to let you know that I have finished my PhD Thesis. 
Secondly, though the thesis is written in Spanish, here you have an abstract in English. I intend to translate the whole project into English in the coming months. 
In case you are interested in getting full access to the document, I will soon be able to share with you the link to the digital thesis in full text. Hope it will be of interest to you all.



The aim of the thesis is to put forward a proposal to stabilise the euro area in the context of the euro crisis and its contradictions, given the premise that in order to ensure the sustainability of the single currency, federal achievements so far must be consolidated. In this research it is assessed to what extent the euro crisis fosters political reform. 

It is also an aim of the research to analyse the context and the development of the Economic and Monetary Union (EMU), in order to set a normative theory of federalism, so that it becomes a suitable theoretical framework to assess in full the functioning of the EU laws and institutions as a whole, but, particularly in the EMU. 

The old frames seem to be worn out and too monolithic to allow for a proper interpretation of the euro area reform. The diachronic analysis of the European integration process allows us to conclude that a process of incremental federalism is well on the way, though there are some loopholes to be sorted out, specially the democratic deficit. These gaps, in fact, are one of the key elements to explain the conclusions of this research. 

Once it has been possible to set an explanatory variable, and having reached a clear conclusion on the failings of the euro area, the thesis demonstrates that rather than becoming an optimal currency area, the EMU may have, in fact, exacerbated the economic asymmetries between Member States. 

Federalism is a perfect analytical frame, for it sets out the guidelines to be followed in the realm of the European economic governance. We therefore get to prospective conclusions regarding the institutional reform to be addressed in order to achieve the aim of giving efficiency and legitimacy to the governing system in the euro area. 

At the same time, we conclude that more analytical coherence is needed to construe how the political and economic actors receive and understand the euro crisis. In this context, it is necessary to assess whether the monetary orthodoxy and the budgetary discipline can offer the right solution to the problem. In this sense, the financial markets react to their perception about the political union (or disunity) in the euro area. 

One of the most relevant conclusions is that the economic and financial actors ask for a political response. A supranationally integrated system is expected. This requires a frame of political union, i.e. an explicit federal frame. The intergovernmentalist logic lacks the capacity to achieve the goal of financial and political sustainability in the euro area, not to mention the dissociation of decision-making and public opinion. As reflected in certain improvements in market, over the last five years significant progress has been made towards stabilising the euro area. 

The underlying structural reform and the market response generate a pressure towards supranationalism. The foundations of the EMU are being changed, sometimes going beyond the treaties. This trend is validated when we look at the bailout mechanisms, the ECB intervention, and, particularly, the Banking Union

The thesis is enriched by the analysis of the economic governance, and the political relevance of the single market, the budgetary procedure and the fiscal federalism. The capacity to build up a legitimate system would be an essential step to ensure the viability of the euro. Thus, the euro crisis has a political nature, which takes us to conclude that the loopholes in the institutional building put the euro project at stake, in a context in which democratic legitimacy is of utmost relevance.